Con los Juegos Olímpicos de Londres a la vuelta de la esquina, desde A Pie de Pista nos proponemos recordar uno de los episodios más memorables en la historia del mayor evento deportivo a nivel mundial. Un episodio que tiene nombre propio: Jesse Owens.
Corría el mes de agosto de 1936, cuando un joven afroamericano de 22 años llegaba a Berlín para la disputa de los Juegos de la XI Olimpiada. Como es por todos conocido, los Juegos de Berlín de 1936 estaban siendo utilizados por el gobierno alemán de la época para promover la ideología nazi y mostrar al mundo el resurgimiento del país tras la Primera Guerra Mundial. El régimen dirigido por Adolf Hitler llevaba, desde su ascenso al poder en 1933, predicando la superioridad de la raza aria. Una convicción que sería refutada en apenas 100 metros por Jesse Owens.

El estadounidense, que llegaba a la competición con el récord mundial en la prueba de los 100 metros (10.2 segundos), establecido apenas un mes antes del comienzo de los Juegos, se disponía a confirmar su papel de favorito y a hacerse con el codiciado oro. Ante la atenta mirada de Hitler y una docena más de mandatarios nazis, Jesse Owens paró el crono en 10.3 segundos.

La desilusión de los políticos locales fue aún mayor cuando vieron que tras “Buckeye Bullet” cruzaba la meta en segunda posición otro atleta de raza negra, el también estadounidense Ralph Metcalfe. El holandés Tinus Osendarp cerraba las plazas de podio, dejando fuera de las medallas a la gran esperanza local, el sprinter germano Erich Borchmeyer, que sólo pudo ser quinto.
Pero aquí no acabarían las hazañas del joven Owens, que también se haría con otras tres medallas de oro más, conseguidas en el salto de longitud, en los 200 metros lisos y en la prueba de 4×100 relevos, con récord olímpico en el primer caso, y récord mundial en las otras dos.
Tras la ceremonia de los 100 metros Jesse Owens caminaba por el interior de las instalaciones del estadio para acudir a una entrevista cuando pasó cerca del palco de Hitler. Éste le saludó desde donde se encontraba, a lo que Owens respondió devolviéndole el saludo.


Más tarde, el velocista dijo: “Creo que hubiera sido de mal gusto criticar al hombre del momento. Al menos Hitler no me despreció. Quien me despreció fue Franklin D. Roosevelt, que ni siquiera me mandó un telegrama. Es más, cuando volví a mi país, después de todas las historias sobre Hitler, no me podía sentar en la parte delantera del autobús; tuve que volver a entrar por la puerta trasera; no pude vivir donde yo quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca ha estrechar la del Presidente”.
El resultado final del medallero de los Juegos Olímpicos de Berlín sirvió a Adolf Hitler para seguir manteniendo sus teorías sobre la superioridad de la raza aria (ver tabla), pero la magnífica actuación de Jesse Owens tenía obsesionado al líder nazi, tal y como reveló más tarde el que sería más tarde ministro de Armamento del Tercer Reich, Albert Speer, una de las personas más cercanas al Führer: “Cada una de las victorias alemanas, y hubo un número sorprendente de ellas, le produjeron gran alegría, pero estaba sumamente molesto por la serie de triunfos del maravilloso velocista americano de color, Jesse Owens. ‹‹La gente cuyos antecesores vienen de la selva son primitivos››, dijo, encogiéndose de hombros, ‹‹su físico es más fuerte que el de los blancos civilizados y de ahí que deban ser excluidos de próximos Juegos››”.

El deporte tiene episodios fabulosos, este es uno de ellos.