Se disputaba este fin de semana la gran final de la Copa Davis entre Argentina y España, y se celebraba en nuestro país y en una ciudad que desde el momento de su elección como sede de la finalísima me pareció la mejor opción para albergar un momento como éste. Hablamos de Sevilla, que una vez más, y van unas cuantas, fue una fiesta nacional. Allí se dirigió nuestra Armada Española para ganar la quinta ensaladera (tercera en cuatro años), y nuestros hermanos de habla argentinos en busca de venganza por la que nos llevamos de su tierra en 2009. Y la ciudad a orillas del Guadalquivir no decepcionó. Además de los maestros de la raqueta, aficionados de todas partes de España, y lo más sorprendente, un gran número del otro lado del Atlántico, acudieron al Estadio de La Cartuja para pintar las gradas de rojigualga y albiceleste, y sumarle decibelios. Un estadio que se quedaba a tan menos de 500 localidades del record de capacidad para un partido de tenis. Luego nos encontraríamos que se quedaba mucho más pequeño para la ocasión.
El viernes nos traía un mal augurio con el cielo encapotado y la lluvia que, debido a las goteras de la pista, esta vez en Sevilla no era una maravilla. Pero fue rápida la reacción de los encargados de asegurar la fiesta del tenis, y del tiempo que cómo acostumbra en las tierras andaluzas se portó como es debido. Con todo preparado, comenzó el primer asalto de la final en la pista y en las localidades: abajo ganábamos 2-0 y ¡de qué manera! Nadal arrasaba literalmente al pobre Mónaco que casi sólo podía ver pasar las bolas al muro una y otra vez; y luego Ferrer daba una lección de espíritu y trabajo remontando de forma épica a Del Potro lo que el definió como ”el mejor partido de su carrera” Arriba no se podía dar un ganador, evidentemente en número nosotros, pero la afición rival gritaba y cantaba cómo si fueran sus jugadores los que vapuleaban a los nuestros.
Se llegaba entonces a un sábado que podía significar el fin de fiesta por adelantado que nos hubiera dejado bastante tranquilos. Pero no fue así, el equipo de dobles de casa caía con claridad ante la pareja argentina y la marea azulilla veía opciones para seguir soñando y, por supuesto, animando. Todo quedaba aplazado para el domingo.
Y vaya domingo. El sol no quiso perderse el espectáculo y asomó radiante en el cielo de la capital de Andalucía. Parecía que todas las miradas iban a estar puestas en la tierra, pero el estruendo de las 22.121 gargantas que cantaban en el estadio olímpico convertido para la ocasión en una pista de tenis hizo que los ojos de más de uno y las cámaras de realización tuvieran que dirigirse entre punto y punto a la lucha de cánticos entre las aficiones. El intercambio de golpes y los altibajos entre Nadal y Del Potro se prolongaban por todas las zonas del estadio; y los gritos de los espectadores contagiaban tanto a espectadores habituales como a la ”gente guapa” que acudió al evento, desde la familia real a futbolistas, modelos, periodistas y demás personalidades que gustan de este deporte. Hasta los propios componentes del equipo español, incluso cuando Rafa pedía calma, eran los que más vitoreaban. Que se lo digan a Verdasco sino. Y entre tanto grito, alguna amonestación, emociones y un rizo que no paraba de rizarse, nuestro Rafa no falló y nos sirvió la quinta ensaladera para el tenis español.
La fiesta era total. La alegría española contrastaba con las lágrimas del gigante Del Potro que tanto había luchado para casi nada, porque el reconocimiento de muchos sí que se lo llevó. La ciudad hispalense volvía a ser la ciudad talismán para el deporte español. Como lo fue en la propia final de la Davis en 2004 cuando Carlos Moya ganaba el punto definitivo de la segunda. O como lo fue en aquel glorioso 12-1 de la selección de fútbol tan recordado en el Benito Villamarín. Y es que Sevilla enamora al mundo con su manera de ser, con su calor con su gente, Sevilla tuvo que ser.
@posyposadas


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